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El valor y el sentido del perdón.

Columna a cargo del padre Daniel Bevilacqua, de La Parroquia San Cipriano, dedicada a la reflexión espiritual.

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En Fratelli Tutti, el Papa Francisco manifiesta que en el funcionamiento de los grupos humanos y en la sociedad, suele haber conflictos de poder más o menos sutiles entre distintos sectores. Ante esta posición algunos prefieren no hablar de reconciliación, porque lo entienden como algo normal en el manejo de la sociedad. Otros sostienen que dar lugar al perdón es ceder el propio espacio para que otros dominen la situación.

Por eso, consideran que es mejor mantener un juego de poder que permita sostener un equilibrio de fuerzas entre los distintos grupos.

Otros creen que la reconciliación es cosa de débiles, que no son capaces de un diálogo hasta el fondo, y por eso optan por escapar de los problemas disimulando las injusticias y eligiendo obrar una paz aparente.

En el cristianismo y en otras religiones, el perdón y la reconciliación son temas muy importantes.

Jesucristo nunca invitó a fomentar la violencia o la intolerancia. Él mismo condenaba abiertamente el uso de la fuerza para imponerse a los demás. Siguiendo algunas citas bíblicas, nos dice: “Ustedes saben que los jefes de las naciones las someten y los poderosos las dominan. Entre ustedes no debe ser así.” (MT 20, 25-26). Por otra parte pide “perdonar setenta veces siete”. (MT 18, 22).

Podemos advertir también que en las comunidades primitivas, inmersas en un mundo pagano lleno de corrupción y desviaciones, los cristianos vivían un sentido de paciencia, tolerancia, comprensión, sin ser agresivos, demostrando una gran humildad con todo el mundo.

Sin embargo, cuando reflexionamos sobre el perdón, la paz y la concordia social, nos encontramos con una expresión de Jesucristo que nos puede llegar a sorprender: “No piensen que he venido a traer la paz a la tierra. ¡No vine a traer paz, sino espada! Vine a enfrentar al hijo contra el padre, a la hija contra la madre, a la nuera contra su suegra y así, los enemigos de cada uno serán los de su familia”. (Mt. 10, 34-36).

Acá queda claro que el tema del que se está hablando es el de la fidelidad a la propia opción de creer y seguir a Jesús y sus enseñanzas, sin avergonzarse, aunque esto traiga contrariedades, y aunque los seres queridos se opongan a dicha opción.

Las palabras de Jesús no invitan a buscar conflictos, sino simplemente a soportar el conflicto y hacer visible sus aspectos de injusticia.

Es importante expresar que perdonar no quiere decir permitir que sigan pisoteando la propia dignidad y la de los demás, o dejar que un criminal continúe haciendo daño. Quién sufre injusticia tiene que defender con fuerza sus derechos y los de su familia precisamente porque debe preservar la dignidad que se le ha dado, una dignidad que Dios ama. Y el perdón no sólo no anula esa necesidad sino que la reclama.

Si bien no es tarea fácil superar el sabor amargo de las injusticias que dejan los conflictos, esto sólo se puede conseguir venciendo el mal con el bien y mediante acciones que favorezcan la reconciliación, la solidaridad y la paz.

Es necesario reconocer que en la propia vida, las heridas del corazón por heridas no curadas, el mal no perdonado, hace daño y es un pedazo de guerra, que se lleva dentro, es un fuego en el corazón, que hay que apagar para que no se convierta en incendio.

La verdadera reconciliación no escapa del conflicto, sino que la reconciliación se logra en el conflicto, superándose a través del diálogo y de la negociación transparente, sincera y paciente.

Y aquí el Papa Francisco, nos dice que es indispensable para construir la amistad social, tener en cuenta el principio: La unidad es superior al conflicto.

Porque cada vez que las personas y comunidades aprendemos a apuntar más alto de nosotros mismos y de nuestros intereses particulares, la comprensión y el compromiso mutuo se transforman en un lugar donde los conflictos, las tensiones e incluso los que se podrían haber considerado opuestos en el pasado, pueden alcanzar una variedad de formas que engendran nueva vida.

El desafío, es atravesar el conflicto en búsqueda de una armonía superadora de los aspectos de injusticia que padecen las partes. Como siempre espero que las futuras generaciones encuentren nuevos modos de resolver los conflictos que los posicionen mas favorablemente a la hora de perdonarse.

Los abrazo, Hermanos Todos en el Señor.

Colaboradores de la Pquia. San Cipriano, y Padre Daniel.

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